top of page

Sostener.

  • Foto del escritor: Antonio Miradas del Alma
    Antonio Miradas del Alma
  • 16 sept 2025
  • 4 Min. de lectura

Una de las realidades con las que nos enfrentamos el equipo educativo en mi residencia son las largas permanencias, aquellos casos que de un modo u otro no tienen una resolución favorable para el infante y adolescente. Estos casos suelen ser ingresos de corta edad que reclaman a gritos un acompañamiento personalizado como podría ser una familia de acogida.  

 

Las familias que han perdido la custodia de sus hijos e hijas, en muchos casos, acaban luchando por recuperarlas, pero esto no es una regla generalizada. Lamentablemente nos encontramos con familias donde los progenitores están en disputa permanente, una realidad que va situando nuestra residencia como un lugar intermedio, neutro e higiénico de conflictos.  

 

Saber que un hijo o una hija vive en un limbo, puede proyectar en el progenitor cierto sosiego. La extinción de situaciones conflictivas en el núcleo o entorno familiar es el precio que ha de pagar el hijo o la hija, puesto que es el más perjudicado al tener que convivir alejado de sus progenitores.  

 

Un infante de permanencias largas que convive con otros de permanencias temporales produce una gran desazón, más si se llega a la adolescencia. No es el mismo trato para un infante que para un adolescente, un infante necesita más presencia, el adolescente está abanderado con la autonomía y la presencia se le va negando.  

 

Vivir con familias faltas de propósitos y llenas de voluntades, deja a los adolescentes en un lugar inhóspito, donde el cariño deja de ser ofrecido por sus cuidadores y familiares, esté se va reemplazando, poco a poco, de manera imperceptible, por iguales que sostienen sus vidas con la presencia del otro.  

 

La fraternidad entre adolescentes puede desembocar, raras veces, en candidatos a redes que dedican su tiempo a los hurtos y la prostitución. Bandas callejeras que abrazan adolescentes faltos de cariño ofreciéndoles salidas a sus torturadas realidades. Un viraje hacia la locura que sólo puede ser comprendido desde el propio adolescente.  

 

A veces, solo a veces, cuando un infante reclama respuestas durante toda su infancia, en la adolescencia puede dejar su reclamo. Las voluntades no se sostienen sin propósitos y se lanzan ciegamente al abismo, es su respuesta a una historia difícil de sostener en vida.   

 

“Me despierto tumbada en la calle, estoy desorientada ¿Qué hago aquí postrada? Oigo ruidos que zozobran mis oídos, al abrir los ojos, veo un rostro que me exhorta con palabras que apenas retengo. Solo recuerdo que he pasado una noche infernal y reclamó mantener mi inconsciencia un tiempo más. Hace tiempo que no logro discernir lo real, la ensoñación es lo único que me aleja de la lucidez.


Veo un rostro inquieto, por su indumentaria podría ser un policía, hay más junto a él, me observa con preocupación, apenas puedo sentir su presencia. Me piden que responda sus reclamos, pero desde hace un tiempo solo hablo con figuraciones, parásitos que usurpan mi mente atormentando sin piedad alguna. Al final, esos policías, ven que soy una menor de quince años reclamada, en sus fichas ven mis fugas y mis reincidencias.


Sentada en el coche patrulla sostengo mi móvil, está roto, lleva así mucho tiempo, hace falta dinero, pero el dinero es algo que no manejo. Mi frágil cuerpo lo uso para otros menesteres, con él puedo regresar a ese mundo que tanto anhelo, mis ensoñaciones. Los policías me llevan a mi residencia, los educadores me recogen apesadumbrados, a cada regreso vengo más consumida. Reclaman asistencia médica, una ambulancia está en camino.


En el hospital los médicos me hacen pruebas, me dicen que tengo en mi sangre una lista extensa de sustancias tóxicas, que no pueden hacer más por mí y que en breve será dada de alta del hospital. La educadora que me acompaña reclama que sea valorada por un psiquiatra, le dicen que harán la propuesta, no le aseguran nada. En el hospital no puedo fugarme, esperaré a mañana, una camilla es mejor que un banco para pasar la noche.


No consigo calmar mi alma, veo a mis amigos por todas partes, en las ventanas, junto al mostrador, en los pasillos, pido a las enfermeras poder ir con ellos, ellas no dejan de cuestionarme. Están ahí y nadie puede verlos, mi cabeza duda, mis ojos me engañan, todo es una locura. La psiquiatra hace acto de presencia, no pienso hablar con ella, me hago la dormida y desiste en su empeño, finalmente habla con la educadora, le dice no tener nada claro, el alta del hospital puede llegar en cualquier momento.


Durante la noche me sincero, le digo a la educadora que mi vida está ligada a un hombre adulto, que nos amamos con locura, que sería capaz de dar mi vida por él. Lo conocí drogado, él fue mi maestro, cuando estoy colocada no pienso en un mañana. Después de días sin verlo, ayer lo encontré en la calle, le llamé y no me respondía, le seguí un largo tiempo, al final, sin apenas consciencia, caí postrada en el suelo. Ahora dudo que fuera real, tal vez fue fruto de mi alocada cabeza. En momentos de lucidez la desesperación se apodera de mi cuerpo haciéndome brotar lágrimas inconsolables. Él sigue allí dentro alimentándose de mi escasa cordura.


Aparece un celador con una silla de ruedas, me dice que he de ir a otra sección, me dejo llevar, quiero terminar este calvario. Este nuevo lugar es más apaciguado, no hay gente por los pasillos, hay silencios y vacíos que ocupan todo. En ese espacio de tiempo estoy más serena, he dormido algo, he llorado mucho, las drogas han dejado de tener esos efectos de ensoñación, mi conciencia empieza a reinar.


Un psiquiatra entra en la sala habla conmigo y relato mi vida como si fuera mi último suspiro. Más tarde oigo como el psiquiatra habla con mi educadora, le presenta una situación grave, me deriva a especialistas, le muestra mi negación a ser ingresada. La educadora escucha con impotencia, sabe que cuando tenga mi alta en el hospital desapareceré, otra vez, del sistema de protección, cayendo, de nuevo, en una realidad aterradora.


En el momento de salir del hospital, aprovechó el gentío para escabullirme por las calles cercanas desapareciendo de todo cuidado,. Las sanaciones necesitan de propósitos, no solo de voluntades. Ahora, libre de ellos, libre de todos, retornaré a mi calle y volveré a zambullirme con mis figuraciones. No manejo dinero, solo mi cuerpo, con él sé que voy hacia al abismo, es lo único lúcido que conservo.”


Antonio Argüelles, Barcelona.

 


 
 
 

Comentarios


  • Icono social LinkedIn
  • Pinterest
  • Facebook icono social
  • Twitter
  • Instagram

© 2023 by Read Over
Proudly created with Wix.com

bottom of page