La mar.
- Antonio Miradas del Alma

- hace 1 día
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Para algunos, la sola observación del mar a pie de playa les transporta a recuerdos de infancias llenas de luz y felicidad. Ese infinito horizonte teñido de azules y de un sol deslumbrante, despiertan la ambrosía de aromas frescos y fragancias marinas que les hacen retornar a esa niñez olvidada.
Vivir en una ciudad estrechamente unida al mar, de playas arenosas y brisas marinas, es algo que supera a cualquier construcción grandilocuente. Su costa es la separación del cuerpo y la mente, pasarlo, es dejar aquello conocido y sostenerse.
Si hay algo característico en los infantes costeros, es su fascinación por el mar, su lucha por dominarlo y sus ansias por ir más allá. La flotabilidad es un pasaporte que les permite liberarse de ataduras y enfrentarse a lo desconocido por naturaleza.
La playa es una constante para muchos infantes de mi residencia. En veranos calurosos es una aventura que no tiene finales, solo, cuando aparece el atardecer y surge el ocaso. Entonces, cae una imposición no escrita avisando que el sueño llegó a su fin.
Pero al caer la noche y cerrar sus ojos vuelven a jugar con esas olas cristalinas, observar danzas de peces de mil colores, divisar pájaros que con su majestuosidad ensombrecen el sol, acariciar ballenas que te sonríen mientras baten sus colas y cabalgar delfines sin rumbo veloces como el viento.
"Este fin de semana llamó mi madre a la residencia, me dijo que se sentía débil para cuidarme todo el día. Llevo toda la semana con promesas para el día de hoy, todas rotas a última hora. No es ninguna tragedia, tampoco la primera ni la última. Mi madre necesita su tiempo.
Como no tengo visita con mi madre, voy a la playa con mis compañeros y mis cuidadores, la tenemos a unas pocas paradas de metro. Solo al salir por la bocana se puede palpar en el ambiente la sal marina. Cuando llegamos toca untarse de cremas y entender lo que toca y no toca hacer en la playa. Una tortura de tiempos hasta que llega el primer chapuzón.
Somos peces en el agua y nuestros cuidadores están en estado de alerta perpetua. El tiempo pasa veloz, sin pausas y de tanto reír tengo la boca algo desencajada. Me gusta sentir la arena en mis pies y dar saltos como si de la luna se tratara. Me sumerjo para ver pececillos asustados evitando nuestras pisadas y algún cangrejo ermitaño creyéndose amenazante.
Cuando el día de playa toca a su fin y el sol está de camino hacia el ocaso, entonces toca recoger todo y partir hacia la residencia. Son retornos donde nuestros cuerpos agotados se resisten a volver, a cada paso que damos comporta un esfuerzo titánico.
À mon arrivée, ma mère a rappelé. Elle se sentait coupable de ne pas être venue me chercher. Je lui ai dit de ne pas s'inquiéter, de bien prendre soin d'elle et de se reposer. Ce soir-là, nous nous sommes tous couchés tôt. Nous savions qu'en fermant les yeux, nous rêverions de la mer, laissant derrière nous les peines et les épreuves de la vie."
Antonio Argüelles, Barcelona.





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