top of page

Sollozos.

  • Foto del escritor: Antonio Miradas del Alma
    Antonio Miradas del Alma
  • hace 5 días
  • 2 Min. de lectura

Los entornos amorosos son propicios para liberarse del yugo de la adultez temprana, son liberadores de los desasosiegos que produce sentirse en soledad, nos muestran senderos de un reencuentro.  Son escenificaciones que no han dejado de estar vedadas en entornos crispados, sus heridas siguen sangrando, pero ya no duelen tanto.


Espacios de cuidado donde el sollozo se transforma en consuelo apaciguando el tormento. Esas fortalezas inexpugnables resistiendo embates, se desmoronan dejando ciudadelas desprotegidas de violencias y agravios. Sus reclamos, poder ser amados, emergen como un campo de girasoles buscando el sol que los ilumina.


Aquellos sollozos que surgían con la ira, ahora el amor los ofrece. Son existencias funestas, frágiles, requiriendo ser bendecidas por un acto de amor. Solo así, ensalzándolos, con el forjado de cimientos serenos y compasivos, podrán consumar aquello que se les fue arrebatado. La distinción entre el resentimiento y el amor.


La presencia de uno mismo, el relato más sincero, la proyección del hechizo evocando esas almas que apenas se dejan ver, son el encargo más grato para aquellas almas llenas de amor. Sin su presencia, nada surge, sin su relato, nada germina. Es en este cruce de miradas donde aparece el resplandor, el verdadero sentido a una vida plena.

 


“Mi educadora se sienta junto a mi cama, mis compañeras de habitación la reclaman, una llora por no tenerla a su lado, la otra se ofusca y yo la abrazo con fuerza.


Una de mis compañeras estaba triste, no ha venido su madre a visitarla, le dijeron que estaba enferma, otra vez. Ella piensa que su presencia la entristece y no sabe cómo poder agrandarla.


La otra estaba ofuscada, su padre no ha venido solo, sus hermanastros le han estado dando detalles de lo bien que se lo pasan, no han tenido ninguna contemplación, ha sido una visita donde apenas la miró.  


Sigo sujetada a mi educadora mientras oigo los sollozos de mis compañeras y veo sus lágrimas brotar a caudales. Cuando las veo acercarse a mi cama y abrazarla rompo a llorar desconsoladamente, 


Somos un mar de lágrimas que necesitan de consuelo. Mi educadora torpemente nos abraza, sosteniéndonos esa tristeza que nadie quiere, ese dolor que todos evitan, esa presencia que torpedea día tras día ese muro helado donde cobijamos nuestros corazones.


Antonio Argüelles, Barcelona.



 
 
 

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


  • Icono social LinkedIn
  • Pinterest
  • Facebook icono social
  • Twitter
  • Instagram

© 2023 by Read Over
Proudly created with Wix.com

bottom of page