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La residencia.

  • Foto del escritor: Antonio Miradas del Alma
    Antonio Miradas del Alma
  • 5 mar
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 6 mar

Cuando el recién llegado llega a un destino de espolios, su mirada hostil nos refleja en sus ojos; recelos, suspicacias y desasosiego. Mitigar ese sentimiento requiere de grandes cantidades de templanza y dedicación. La residencia es un lugar lleno de estancias de convivencia con abandonos y soledades desmedidas, es justificable que un infante muestre resistencias.


En esas cuatro paredes se derrumban fortalezas de masculinidades, amparadas en aprendizajes de supervivencia a entornos adversos donde la barbarie guía las leyes. Órdenes de poder que encubren de manera maliciosa cualquier brote de igualdad, extirpando amagos de justicia y sosteniendo directrices que deshonran a la propia humanidad.


La residencia, ese lugar de cuidado, justicia y seguridad, tiene el encargo de convertir lo inhóspito, para muchos infantes, en una tierra de acogida. Por desventura, la seguridad que ofrecen esos diques solo llega a atemperar una realidad bronca y mordaz de esas pequeñas vidas, donde la legitimidad aprendida no se sostiene en el raciocinio sino en la tiranía.


Una cúpula purificadora deja al infante en dos mundos inconexos, la protección y la desprotección entre muros. Abrirse al mundo con el don de la conducción entre realidades dispares ofrece al infante criterio y seguridad de salvaguarda. La residencia no puede desinhibirse de estas realidades, ha de desobstruir aquello que lo purifica, bajar a la calle, conocer el mundo y desde ahí proteger infantes. 


 

"Lo primero que sentí al llegar fue una gran incomprensión, veía a mis compañeros como desconocidos, tardé en entender dónde estaba mi lugar y el de ellos. Yo los veía diferentes, ajenos, algunos incluso fuera de cualquier ley. No era de extrañar que me hiciera preguntas que iban más allá de una existencia pasada, a nadie le gusta sentirse cuestionado por su construcción, que hacer con esas ruinas, como encontrarse si tu pasado deja de existir.


A medida que vas añadiendo años a tu vida puedes distanciarte de muchas cosas que creías absolutas, la verdad tiene muchas miradas y cada una múltiples matices. Esas cuatro paredes donde pasé mi infancia me ofrecieron un lugar donde poder construirme de nuevo, fueron unos años que creí sentirme revivir. Una copia de mí mismo, donde expulsé mi identidad pasada dejándola en el olvido, era mi apestada.


Cuando eres adolescente y vives en un lugar pasajero, vuelves a demoler otra vez, algo del pasado renace y brota ardiente en el alma reclamando posesiones. Las disputas identitarias amanecen en la consciencia atormentándome noche y día, no hay paz, ni sosiego, el cuidado ya no sana.


Renace aquel sentimiento del primer día, que sabrán mis educadores de leyes, de maltratos sufridos, mentiras cómplices, abusos silenciados, heridas encubiertas de falsos afectos, todo fuera de esos muros, alejados de una realidad idílica y complaciente."


Antonio Argüelles, Barcelona.


 
 
 

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