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Silencios.

  • Foto del escritor: Antonio Miradas del Alma
    Antonio Miradas del Alma
  • 1 jul 2025
  • 2 Min. de lectura

Ser educador o educadora en una residencia de infantes y adolescentes no deja de ser algo clandestino, por las connotaciones que comporta trabajar con silencios. Los silencios preservan a la sociedad de tragedias, mantiene los malestares acotados dentro de espacios seguros.


El educador o educadora que se incorpora dentro de las dinámicas de silencios se ha de ir armando; lo que ve incomoda, no aparece en ningún manual y si no vas con tacto te destruye. La destrucción sólo surge cuando la impotencia aparece, la realidad te anula y el desconcierto te aturde.


Vas viendo cómo los infantes y adolescentes a los que acompañas perciben los tiempos como cúmulos de momentos y lugares vividos en sus almas, desconocen sus principios y sus finales, solo saben que están marcados por abandonos.


Sufrir un abandono comporta un vacío de emociones, pierdes parte de tu ser y dejas de quererte, es una huella que no se cura con el tiempo, persiste impasible e inamovible como la eternidad misma.


En mi residencia los abandonos son comunes entre los infantes, nuestro lugar no solo ofrece un cobijo donde guarecerse, también de momentos donde aflora la emoción y la esperanza. No es de extrañar el sentir a gritos de nuestros infantes, sus deseos de ser cuidados con mimo.


Un deseo de recuperar tiempos, de llenar esos vacíos, de ser acompañados de eruditos del alma, de educadores con emociones dispuestos a recibir duelos y ofrecer consuelos. Profesionales que con su fragilidad muestran cercanía y con ella fortaleza. Un duro trabajo que conlleva grandes pérdidas, porque a cada perdida la huella se engrandece.


En mi residencia las tragedias se sostienen a duras penas, es como un cableado caótico donde cada hilo tiene su espacio y su tiempo, pero no sabemos de donde proceden y menos a donde van. Nuestro cometido es que puedan llegar a su destino lo mejor posible, somos especialistas en cableados caóticos.


Un trabajo poco lucrativo ser educador o educadora en una residencia, la corriente que reparan apenas alumbra, necesita de su tiempo. Trabajamos en un sistema paralelo, disociado, soterrado. Una ruina social, porque la inmediatez nunca ha sido buena compañera.


La fortuna de estos educadores y educadoras no va de reconocimientos, va de experiencias que marcaran sus vidas dentro y fuera de la residencia. Un tesoro oculto en silencios que una vez abierto te muestra que la vida toma sentido.


Antonio Argüelles, Barcelona.


 
 
 

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