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Partir. es

  • Foto del escritor: Antonio Miradas del Alma
    Antonio Miradas del Alma
  • hace 9 horas
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: hace 11 minutos


El hogar de la infancia, aquel lugar de recogimiento, de ensueños eternos, donde puedes acariciar el anhelo del deseo, cuando este es quebrado, cuando sus cimientos se hunden, aquellos que sostienen los fundamentos del amor, emerge el mayor de los temores, el desvanecimiento de cualquier esperanza.


Cuando esto sucede, la residencia, ese lugar de recogimiento efímero para unos, largo y tedioso para otros, mantiene salvaguardados a infantes y adolescentes de la incertidumbre de la reconstrucción. Un acto de fe, que reclama a los fundadores, un compromiso a su obra, una labor certera al hogar, un retorno a lo establecido.


En ese periodo de exilio, la residencia aparece como el despertar de un ensueño, de una nueva realidad que pone en jaque todos los valores a los que uno daba fe absoluta. Un devenir de vivencias que cuartean en mil pedazos todo lo vivido, dejando la cordura desfallecida ante tal cataclismo.


Nada es eterno, la residencia es pasajera, en los retornos los infantes dejan de ser frágiles y moldeables, algo ha cambiado en sus vidas. Pero hay reconstrucciones que nunca llegan, siempre hay abandonos, olvidos de lo que fueron. El infante, en estos casos, pasa a ser adolescente, observa con impotencia como su último hilo de su ensueño, la eternidad un hogar cae al abismo más absoluto.


 

“Pasar buena parte de tu infancia en esta residencia no es algo extraordinario, tenemos varios compañeros que conocen este lugar mejor que cualquier educador. Adolescentes autónomos, ese es nuestro cometido, una labor que no hace más que recordarnos que cada día que pasa será un día menos aquí.


Dejamos las niñeces antes de los diez, nuestras familias nos ven como una fatalidad, los educadores como algo lejano a sus realidades, reclamamos mucho, apenas cumplimos algo. La autonomía implica la lenta desvinculación a todo aquello a lo que hemos estado unidos, somos individuos estandarizados, en espacios de autonomía solitaria, apenas hay convivencia, ni alusiones a un pasado furtivo.


La soledad en una residencia, puede ser el reclamo a confines indebidos, fechorías desesperadas y límites prohibidos. Ahí en la transgresión, damos voz de nuestras súplicas a familiares y educadores, pero el deseo no entra en esa ecuación y al final muchos acabamos partiendo antes de tiempo, sin júbilo, ni honores. “


Antonio Argüelles, Barcelona.         


 
 
 

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