Palpitaciones.
- Antonio Miradas del Alma

- hace 3 días
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Actualizado: hace 2 días
Los lugares se nos hacen existenciales a medida que los vamos construyendo en nuestro interior, en ellos dedicamos nuestros tiempos formulando particularidades que hacen del ambiente algo familiar.
Gracias a esas particularidades logramos percibir en el ambiente infinidad de aromas que nos van guiando hacia un propósito, aquello a qué dedicamos nuestro tiempo y da sentido a nuestra presencia.
El corazón necesita de presencias para poder latir con fuerza, todo y las resistencias por reconocerlo. No hay salida posible, no estamos en un lugar ajeno, nunca lo estuvimos, somos el anhelo de nuestra existencia.
La locura es un término familiar en el argot de mi institución, sobre todo, cuando aquello que haces es entendible, compartido, pero en ningún caso, aceptable. Un término comprometido, aceptar, que puede llegar a demoler todo aquello que se ha construido.
Las discursivas sobre estudios empíricos pueden abrir ventanas, pero en ellas no llega el aire, la realidad suele ser otra. Si en los lugares donde suceden las cosas seguimos sin tener registros empíricos serios, difícilmente el profesional se sentirá reconocido.
Así ocurre, que mientras las ponencias se llenan de resultados eficientes en lugares entendibles, los que ahí cohabitan se miran incrédulos de esa falta de consciencia, el del desarraigo del saber con el acto y de ese sostén de una realidad insostenible.
“En mi residencia somos icebergs a la deriva en un océano de perplejidades, todo lo que uno hace asombra o sorprende y aun así, solo les mostramos una parte ínfima de nuestro ser.
Nuestros cuidadores están en un continuo estado de pasmo, estupor y desconcierto, no hay nada más difícil de acompañar que el propio sobrecogimiento.
Ellos hacen eco de lo vivido fuera de nuestras fronteras, son historias, las suyas, incompletas, apenas muestran un resquicio de lo nuestro. Aun así, con todo el estado de alarma que producen, su eco, todo y ser entendible, no es aceptado.
Para ser reconocidos, ellos, nuestros cuidadores y nosotros los niños, falta de ese valor y coraje necesario para derrumbar años de cuidados. La protección difícilmente nos podrá ser útil cuando sus agentes ignoren nuestras historias de vida.
La rebeldía en la residencia es un hecho, hay mucho hielo en el fondo del océano y sus malestares afloran algo más grande. Un cuidador que desconoce esa realidad maltrata involuntariamente una vida atormentada.
Una institución que desoye un grito de auxilio maltrata voluntariamente una realidad que va más allá de la protección y el cuidado. La dignidad es un bien preciado, nadie desea ser victimizado desde un lugar de protección, desafortunadamente la respuesta a esa realidad es respondida con hostilidad y violencia.”
Antonio Argüelles, Barcelona.





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