Marte.

En un campo tan cambiante como la educación social, las actualizaciones de los saberes, el intercambio de conocimientos, la observación misma, son algo imprescindible para la práctica socioeducativa. Sostenerse solo con aquello que te acredita puede obstaculizar ese espíritu explorador nato de la profesión socioeducativa y necesario para navegar por las periferias de lo desconocido. Construirse de conocimientos propios prescindiendo del entorno es hablar de conquistas, invasiones, apoderamientos y ocupaciones, todo una construcción fronteriza y divisoria que te sitúa en las antípodas del cuidado.
“Mi barrio era mi casa y mi casa un infierno, aunque dicho así parezca una tragedia para mi no lo era, pues uno se va acomodando a las desdichas, a los golpes y a las bajezas. A temprana edad empecé a buscar lugares seguros, con otros niños que como yo estaban ya curtidos de las vicisitudes y de los rechazos. Acabé convenciéndome que mi hogar, por llamarlo de alguna manera, era un lugar de batallas perdidas. Así que busqué en la calle niños marcados por las desventuras, ellos fueron mi verdadera familia.
Pero esa libertad de deambular como si de un adulto se tratara me fue denegada cuando los ojos de la protección fijaron su mirada en mí. Fue entonces cuando mi máscara de adultez fue extirpada y retorné a esa infancia que con tanto esfuerzo aparté. Mi ingreso fue a regañadientes, todo fue abrupto, inesperado, estaba en un lugar extraño, centré mis energías en la idea de cómo huir y dejar atrás ese lugar que mencionan de cuidado.
A medida que pasaban los días en la residencia fui conociendo a compañeros y educadores, estos últimos no dejaban de sermonear que debía enfrentarme a mi realidad para poder forjar un futuro, que no lo haría solo, que ellos me acompañarán. ¿Qué saben ellos de la calle, el dolor y la pena?, ¿Qué entienden del cuidado, la seguridad y el afecto? Hablan como si supieran, pero nunca se fueron de sus casas, tal vez no son de este mundo, tal vez vengan de Marte.
Con el tiempo fui mostrando mi malestar, mi dolor y mi angustia y entonces empecé a estar incriminado por el equipo educativo. Un día de mucha agitación, tal vez por el calor o la falta de sosiego, no pude más y como un volcán exploté en el comedor en presencia de todos. Un educador al verme desbocado me agarró torpemente, me sacó al patio como pudo y en el forcejeo agité mi cuerpo con energía mientras mi boca era un mar de improperios.
Ahí me soltó y una vez liberado me enfrenté a él, le dije lo que sentía de este lugar, de los educadores, de mis compañeros y de mis ansias de huir. Mientras soltaba todo aquello él solo me miraba, pero sentí su escucha, no limitaba mis palabras, no las camuflaba, estaba ahí atento frente a mí mirándome. No pude con tanto silencio y reclamé respuestas. Él me dijo que necesitaba saber de mí para aprender cómo cuidarme, quería que le enseñara mi vida para así poder entrar y mostrarme que hay otras vidas deseosas de conocerme. Me equivoqué, no son de Marte, son de mi mundo.”
Antonio Argüelles, Barcelona.



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