Cae la noche.

Las nubes se tiñen de fuego dejando su firmamento endemoniado, la brisa ya extenuada se desvanece sin apenas aliento, y los pájaros, con el agitar de sus alas, buscan el amparo de sus nidos. Con la noche, la calle deja atrás ese bullicio vigoroso para abrazar su reposo y surge entonces ese temor intrínseco a que el mundo se paralice y la claridad del día desaparezca. Es en esa oscuridad donde los fantasmas reclaman desde sus recovecos consumar nuestros mayores temores, la soledad.
Las noches en la residencia para los infantes es la soledad sentida con más intensidad, en ellas no hay distracciones que camuflen aquello que viven, aquello que sienten. Cuando no hay palabras, el sinsentido aparece grandilocuente, la falta de comprensión de estos infantes desdichados es un abono que engrandece sus temores, alimentando monstruosidades que deambulan todas sus noches haciendo que estas se eternizan en el tiempo.
“Los amaneceres, para nosotros los niños, nos convocan a un reencuentro con los vivos. Dejamos por fin nuestra soledad entumecida en esas cuatro paredes donde pasamos la noche, aunque sea por unas horas. El amanecer siempre nos ha ofrecido esperanzas, ánimos y confianzas, que bebemos vorazmente para saciar nuestro abandono como acto de glotonería y con ella encubrimos nuestras huidas.
Nuestros educadores no paran de decirnos de buena mañana que hemos de ser de una u otra manera, que no podemos quejarnos a todas horas, que no les dejamos ni un minuto de descanso, que hay que ser más autónomos y menos dependientes de ellos. Reconozco que se les debe hacer tedioso y agotador nuestra presencia, se deben preguntar porque somos así, tan alejados de sus recuerdos de infancia.
La verdad es que no les damos tregua, vamos a por todas, y si la jornada es festiva entonces está garantizada la tormenta. La lluvia, los truenos y los rayos son nuestros reclamos, peleas y disputas por ser atendido, socorrido o acompañado, somos muchos niños y pocos educadores para nuestros reclamos, no es baladí, es algo sustancial donde cada uno usa sus propias estrategias, a cuál más creativa.
No es agotador solo para los cuidadores, también para nosotros, pues los estados de alerta nos ayudan a mantener posiciones y sostenerlas en el tiempo con el objetivo de no quedar apartado en el destierro de la soledad. Un trabajo, el nuestro, que ocupa toda nuestra atención y que va acentuándose a medida que llega el ocaso, a medida que las rutinas de la jornada van siendo concluidas.
Con la noche llega el momento de la tragedia, el retorno a esas cuatro paredes que hemos eludido mientras el sol iluminaba la tierra. Un lugar temeroso y que reclama la compañía de un educador. Una compañía fugaz en el tiempo de la noche, una compañía que luchamos a cuerpo y alma por no perderla, por mantenerla secuestrada y confinada con nosotros, un deseo lleno de utopía e inalcanzable.
Finalmente, cuando la soledad retorna a tus brazos, sientes como tu cuerpo enferma de miedos y temores, y el único consuelo que tienes es que una noche no existe si después no hay un amanecer.”
Antonio Argüelles, Barcelona.



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