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Lastre.

  • Foto del escritor: Antonio Miradas del Alma
    Antonio Miradas del Alma
  • 22 may 2025
  • 2 Min. de lectura

"Con cuatro años fui acogido por una familia y su gato, mi padre estaba preso y mi madre solo me tuvo, el resto lo desconozco. Cuando mi padre fue liberado mi familia me devolvió a los servicios sociales, hay situaciones que surgen y son difíciles de sobrellevar.


Hace pocos meses cumplí catorce años en la misma residencia que mi familia y su gato me dejaron. Desde entonces nunca he sabido nada de ellos, Supongo que ellos tampoco quieran saber de mí, es una sensación desoladora dar mucho amor y de golpe quitarlo.


No soy un buen estudiante, no lo digo yo, lo dicen todos. También soy causante de muchos problemas y voy a menudo al psiquíatra. A veces falto a la escuela, hay muchos niños como yo que no sirven para nada, no es difícil encontrarse con uno ellos por la calle.


Una tarde que no fui a la escuela, mis colegas decidieron ir al puerto, es un lugar donde la tierra termina y el mar te muestra su infinidad. En el camino nos encontramos con obstáculos salvables, eran lugares prohibidos que requieren de mucha adrenalina.


Frente al mar nos sentamos mirando el infinito. Ahí nacen deseos de aventuras que liberan lastres de infancias rotas. Cerca de nosotros había muchas embarcaciones, alguien tuvo una propuesta alocada, partir en una de salvamento marítimo.


El más lanzado empezó a tocarlo todo, alguien libero las amarras, pero salto una alarma con un sonido crispado, tocaba salir corriendo, la policía se intuía próxima, las voces no tardaron en oírse y al salir volvimos a recuperar nuestro lastre.


Teníamos una buena escapatoria, pero los nervios nos traicionaron y saltamos una reja que nos llevaba a un lugar cercado por el mar. Acorralados por la policía me lancé, no podía nadar, mi mochila y mis botas me lastraban al fondo.


Un policía me salvo y una vez reunidos fuimos al furgón, en comisaria teníamos una conversación valentona y heroica con ellos, en poco tiempo nos oscurecieron nuestras caras iluminadas, todo tiene consecuencias, nos decían.


Los compañeros con familia tenían mejor trato, yo iba en desventaja, era un niño de residencia, fui un paria, algo más manejable y penalizador. No fui a prisión, pero mi residencia hizo esa función, estuve en mi habitación encerrado días y noches con el sueño de volver al mar, lejos de todo, lejos de todos."


Antonio Argüelles, Barcelona.


 
 
 

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