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Embestidas.

  • Foto del escritor: Antonio Miradas del Alma
    Antonio Miradas del Alma
  • hace 16 horas
  • 2 Min. de lectura

El acto de “capear al toro”, a menudo, es simbolizado como una muestra de masculinidad exacerbada y de una crueldad atroz. Un matiz vivo que encubre otras simbologías, otros significados.


En el campo socioeducativo, usar el término “capear” no tiene esas connotaciones masculinizantes y crueles, sino más bien, de sustentación ante reclamos de presencias y vivencias insostenibles.


Un adolescente desbocado muestra su ira, su malestar, su angustia y su temor, con emociones vivas e hirientes que necesitan ser sostenidas. Son embestidas que se han de capear con determinación, es parte del cuidado; un buen profesional reconoce esas llamadas.


No es fácil mantenerse íntegro cuando esos ojos enojados te sitúan al límite de lo sostenible, interpelando tu esencia, lo que representas y lo que eres. Son momentos interminables llenos de desasosiego que van debilitándote a medida que vas recibiendo sus embestidas.


Cuando estas empiezan a decaer, cuando su cuerpo se rinde ante el tuyo, das la estocada final, ese toque en su alma donde el sosiego se expande, liberándolo de esos sentimientos encadenados. Un acto de amor verdadero que solo un educador o educadora puede sostener con orgullo.



"La tengo ante mí, se muestra ofuscada, observo cómo su mano temblorosa me señala, mis oídos estallan con su voz alzada, sus palabras punzantes, dolientes y desbocadas buscan cobijo en mi alma."


Estoy, a duras penas, sosteniendo su mirada; podría guarecerme en lugares de ausencia, pero quiero estar ahí, saber de qué heridas viene tocada. Cuando el martirio hace hervir su sangre, su dolor florece en esos nidos ocultos, mostrándola libre y auténtica.

 

En su voz percibo sus sacudidas, es un trabajo quirúrgico, sus heridas son profundas, no he de dejar nada esparcido, hay mucho desasosiego, violencia y desprecio. Es una labor sucia, recoges aquello que hiere, no es neutro, tu cuerpo tiene vida y tu alma conciencia.


Sigo escuchándola con mi mirada sostenida, ahora su ira y su rencor apenas se muestran, en su relato aparecen palabras desarmadas, su razón se ilumina y con ella, me reclama respuestas. Mido mis palabras, cualquier relato puede cerrar unas puertas que empezaban a abrirse.


Me acerco a ella, recojo su ser debilitado, está desarmada, vamos a un lugar de paz, aquí ha habido una batalla. Sus lágrimas hirientes han dejado de brotar, ahora aparecen otras cautivas y reconfortantes. Le doy consuelo con mis palabras, mi voz resuena en sus oídos, apenas escucha, ahora sabe que no está sola.


Antonio Argüelles, Barcelona.


 
 
 

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