Discernimiento.
- Antonio Miradas del Alma

- hace 3 días
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El hecho de entrar en una institución a corta edad comporta para el infante el principio de un vacío, nada es más desalentador que la pérdida de lo que uno posee, su infancia. No es un proceso bondadoso, hay una extirpación lastimosa que cicatriza a menudo en tiempos convulsos y tormentosos. Es como vivir una penitencia una vez estás protegido. Un significante, salvaguardar, lleno de incongruencias y sin sinsentidos si no fuera porque el lugar de donde vienes fue un infierno.
Si partimos de una infancia amorosa podemos dar por hecho que el discernimiento es inherente al niño, no todos partimos de un amor incondicional, otros parten de la coexistencia entre el amor y el miedo, una condena a estados de alerta perpetuos, una atadura emocional donde no tiene cabida el discernimiento. En situaciones de última instancia solo la salvaguarda en entornos seguros será un destino, ahí el infante podrá ser amado sin condicionantes. Ahí podrá empezar a dar palabras, pese a sus resistencias, de un dolor farragoso y de un vacío extremo.
Un cuerpo liberado de ataduras puede llegar a sentir ese vacío, por tanto, necesitará ser nutrido de nuevas emociones que derrumben esas resistencias y garanticen su salvaguarda. Es una de las tareas de la institución, un empeño lleno de deseos que requiere de la implicación y compromiso de las familias. Pero esto no siempre surge, a veces aparecen casos complejos, de difícil solución, que perduran en el tiempo. Entonces, el niño va haciéndose en un entorno institucionalizado, donde el pasar de los casos y sus tiempos, derrumban sus esperanzas futuras.
Hay situaciones donde el sentir de la liberación no llega a su objetivo, cuando hay agentes de apego que rechazan alimentarlo de nuevas emociones, el infante difícilmente podrá ser nutrido. Un adolescente institucionalizado sabe que usando su resiliencia adquirida durante años podrá sostenerse en su entorno familiar complejo y crispado, solo necesita sobrevivir. En un entorno de maltrato, vejaciones y despropósitos, a veces el adolescente llena su vacío. Todo y construirse en un entorno de protección, apuesta por la claudicación y la complacencia, sabe que las cosas seguirán igual, pero también sabe que ya no es un niño.
"Solo fui consciente de mi realidad cuando vi que el lugar donde fui destinada no era un lugar pasajero, ahí conocí más casos como el mío. Un lugar donde pude abrir mis ojos al entendimiento, un proceso dramático; primero tuve que dinamitar todo lo construido. Cuestionarlo fue lo más doloroso, pero no todo fueron fatalidades, algo había que rescatar de lo vivido. El abatimiento llegó cuando dejé de sostener lo insostenible.
Es difícil aceptar los delirios de mi padre, ahora sé de ellos, puedo dar palabras a mis temores, a esos golpes sonoros y secos en el cuerpo de mi madre. Recuerdo con nitidez sus lágrimas brotando de sus ojos, su mirada perdida y su cólera ahogada. Recuerdo esas entradas inesperadas de mi padre en mi habitación, esos pasos silenciosos ahogando mi respiración y ese cariño turbador desconcertante.
Viví en un hogar de encubrimientos, ocultaciones y simulaciones, lo que pasaba dentro quedaba ahí confinado y silenciado. Mi madre desahogaba sus frustraciones en mi frágil cuerpo, veía como a cada golpe me mostraba un odio encadenado con ansias de ser liberado. Ellos, mis padres, con los años no mostraron cambios ni reconocimientos, el maltrato marcaba la rutina de sus vidas y cada año pasado mí retorno estaba más lejos.
Ahora de adolescente pasó tiempos cortos con mis padres, he aprendido a sortear sus tempestades. Tengo necesidad de ir con ellos, este lugar ya no me pertenece, mi caso se ha eternizado demasiado tiempo, mi espera cesó cuando las esperanzas decayeron. Soy encubridora, cómplice y ocultadora de la cotidianidad del maltrato en mi hogar, voy todos los fines de semana a esa casa de locos, se cómo contentar-los, a cambio de ello obtengo mis libertades, hago de figurante en una historia donde no me siento protagonista."
Antonio Argüelles, Barcelona





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