Destino.
- Antonio Miradas del Alma

- hace 17 horas
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La contemplanza de cuerpos sufridos nos agita sentimientos velados en lo más profundo de nuestras almas. Son hechos reales, tangibles que no atienden a divagaciones. Despertares de experiencias traumáticas que nos empujan a la empatía.
Cuando el sufrimiento es furtivo, cuando lo mostrado no interpela al alma, los ojos no ven, los oídos no perciben y la razón no observa. Entonces, los socorros transitan amordazados a la visión, enmudecidos a los oídos y encubiertos a la razón.
En mi residencia existen cuerpos sufridos, esquivos, que difícilmente agitan almas observantes. Su reconocimiento, la complejidad de sus enmudecimientos, es una tarea que requiere de diagnósticos minuciosos y primeros auxilios.
Son cuerpos perseverantes al dolor, a esa penitencia autoimpuesta con la que el educador ha de sanar. Sus precarios apósitos de seguridad y protección dejan a la luz la contemplanza del suplicio de sus tormentos.
Cuando no hay donde verse, cuando el amor y el respeto es inexistente, cuando la responsabilidad cae dramáticamente en uno mismo, uno se deja llevar por su destino, sin límite alguno y sin esperar el mañana.
“Mi lastimosa madre me pide que la cuide, que la quiera, que la entienda, nunca vio en mí a una niña deseosa de madre. Mi padre me observa con ojos maliciosos, no supe distinguir su cariño, de su pasión, nunca vio en mí a una niña deseosa de padre.
Desde que tengo uso de razón he sido arisca con las personas que me han cuidado, pongo a prueba a todo el mundo, reconozco que soy perturbadora, tengo poco margen para cuidar las formas y a veces no puedo controlar mis impulsos.
Últimamente en la residencia he tenido varias fugas, quedo con chicos mayores, ellos tienen lo que quiero, yo lo que quieren. En una fuga bebí hasta perder la consciencia, no recuerdo nada de lo acontecido, solo, que al despertar estaba sola apartada de todo.
Al llegar a la residencia, las educadoras me vieron desorientada, activaron alertas, hablaron de imprudencias y otras discursivas morales. Pasé tiempo confinada, los terapeutas quisieron rehacer mi vida. Solo necesitaba saber quién soy, quien puede quererme y como puedo apartarme de mi destino.”
Antonio Argüelles, Barcelona.










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