
Crepúsculo.
- Antonio Miradas del Alma

- 3 ene
- 2 Min. de lectura
Albas que muestran senderos en cada rayo de sol que ilumina la mirada, propósitos que se ausentan en el ocaso, noche tras noche, liberando sombras que reclaman piedad a una desolación absoluta.
Sueños de fantasías y alegrías ahogados en ciénagas tenebrosas que con sus espantos endemoniados se muestran altivos claudicando cualquier apéndice de esperanzas. Losas que cimientan vidas laceradas sedientas de buenas voluntades.
Esperanzas cotizadas a precios desorbitados, ensoñaciones de deseos vetados, susurros de melodías serenas sacudidas por el llanto, aromas infinitos abrazando tragedias y lágrimas desahogadas liberadas de tiempos lejanos.
Fuentes de anhelos que apenas brotan, bellos recuerdos que apenas sacian, frágiles esperanzas que apenas sostienen. Son deseos que luchan por ocupar espacios pecaminosos, la esencia de uno mismo, el silenció de sus miradas, la fatalidad de su destino.
Voluntades socavadas suplicantes de sanación, reclamo de almas que conforten el dolor del clavo ardiente que resuena a voz altiva, “tu destino no es otro que el mío”. Almas que timoneen un rumbo hacia el anhelo, el origen del deseo más profundo, el amor verdadero.
“Deje mi hogar de forma abrupta, mi madre me abrazó y mi padre lloró, apenas sabía nada. Al llegar a la residencia mis cuidadores buscaban mi felicidad, palabras reconfortantes y abrazos, muchos abrazos. Tenía cinco años.
La primera noche no dormí, no entender fue mi mayor tormento, el mañana, era inalcanzable y lejano, el ahora, era eterno e insuperable. Lloré desconsoladamente hasta mi última lágrima, mi deseo iba derrumbándose a pasos agigantados.
Esa fue una noche tras otra, el consuelo, la luz de un nuevo día, la angustia, su ocaso. Mi compañera de habitación me recrimina tanto dolor, ella había cicatrizado su tristeza en un rincón de su corazón. No quería que volviera a brotar ese sentir.
El relato que cada noche escuchaba sobre historias amorosas fue confortando mi corazón apesadumbrado, gracias a ellos, logré ir tejiendo un lugar donde cobijar mi dolor. Solo espero que algún día tenga palabras para liberarlo de mi corazón.”
“Ayer tuve una pesadilla, mi educadora al acabar su jornada se fue a su casa, yo me levanté de la cama angustiada, fui tras ella, pero ya no estaba, desapareció en la noche como mis esperanzas.”
Antonio Argüelles, Barcelona.










Comentarios