
Arcilla
- Antonio Miradas del Alma

- 13 ago 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 15 ago 2025
Para aquellas personas con mentes que inspiran y manos que educan, escuchar discursos afirmando que la educación tiene el poder de tocar a las infancias gracias a su labor de moldeado, las pueden llevar a múltiples interpretaciones. El dominio de un deseo frente a una realidad sería una de ellas.
Uno de los peligros con los que se enfrenta el trabajo educativo con infancias, es la connotación de la simbología de la palabra y su repercusión, el efecto que ejerce sobre ellas. Un faro en sí no es más que una construcción de salvaguarda, pero su simbología lleva algo más profundo en las mentes de las personas: “soy tu salvación, sigue mi resplandor”.
El deseo de un futuro, de una vida mejor, es lícito, empodera a las personas de valores y pensamiento crítico, pero también ha de sostener vestigios de turbulencias y desasosiegos de tiempos pasados. Las palabras con las que la educación conforta a las infancias tienen un valor que pueden dejar marcas, por tanto, han de ir unidas de la mano de sus pasados, obviarlo es vivir un engaño, una ilusión.
El poder de la palabra puede llegar a moldear a las infancias en lo que uno quiera, como las manos con arcilla blanda. El reto de la educación es no dejar marcas en los corazones de aquellos a quienes acompañamos, para ello, es necesario que sus vidas tomen consciencia de su dolor y desde el duelo puedan construir un deseo.
Las palabras y gestos bien medidos son el agua que puede saciar la sed. Las infancias necesitan ser saciadas de esperanzas tangibles, comprometidas y sinceras. Cualquier gesto o palabra que no esté acompañada de un compromiso, falte a la realidad o carezca de criterio dejará una cicatriz de ira, culpa y humillación en sus corazones.
“Recuerdo que cuando era pequeño dinamitaba cualquier vestigio de armonía para poder mostrar mi cólera. Un ejercicio de voces alzadas y gestos amenazantes que demandaban ser correspondidos, un combate sin tregua que reclamaba la ira del otro como victoria, un deseo de saber que alguien podía sentir lo que siento.
En esos años de infancia el caos fue mi fiel compañero, vivía los presentes con sus luces confortantes, más allá, dejaban de resplandecer inquietando mi alma. Pero con los años, mis educadores me llenaron de promesas cargadas de deseos y con ellas podía ver el futuro.
"Dejé atrás mi pasado, hice un hoyo en mi corazón para olvidarlo. Alcé la mirada, había luz en el camino, aparecieron esperanzas. Pero cuando un deseo no te representa hay algo de la figuración que te deja vacío, buscas sus causas, indagas en el camino, no encuentras sentido, ves que vas dejando retos y perdiendo motivos. Al final manejas fracasos y abandonas.
Empecé a escarbar mi pasado, a sacar de mi corazón aquello que dejé en el olvido, aparecieron vestigios donde pude reconocerme, no me agradaron, pero eran míos. Deje definitivamente el camino de los deseos y tome pasos equivocados, no quiero anclarme en ellos, pero es lo único que tengo. Reconozco que soy un fracaso, tenían un futuro para mí y lo he rechazado.
Mi deseo es poder dejar aquello por lo que he luchado, tener a alguien que pueda sostener mi pasado, que labre conmigo un nuevo futuro, que entienda que no vivo de buenas intenciones, sino de reconocimientos. Necesito serenar mi cuerpo, dejar atrás palabras iluminadas y rehacer mi camino. “
Antonio Argüelles, Barcelona.





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