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Emociones.

Foto del escritor: Antonio Miradas del Alma
Antonio Miradas del Alma
24 jul
3 min de lectura

Actualizado: 28 jul

Cuando el manantial de los sentimientos se desmorona, el rostro se transforma en pliegues descuidados humedeciendo la piel de lágrimas furtivas e irreconocibles, son los resquicios del alma. Ante tal desolación las manos aparecen como muros de contención, aun así, nada de lo mostrado se aproxima a lo que acontece en su interior.


Nuestros infantes, cuando lloran, sus llantos van cargados de emociones que estallan en salmos de súplica. Sus palabras apenas pueden dar respuestas a sus gestos, demandas y deseos. La incomprensión de su desventura es un lastre para sus frágiles vidas, luchan en su negación en lo más profundo de sus corazones, pero sus realidades siempre brotan con manifiestos salvajes, crueles y desbocados.


Saber leer cada una de esas lágrimas y como deambulan en sus frentes aguerridas, no es un propósito, es una necesidad. Necesitan que alguien sostenga esas manos de contención y liberar, aunque solo sean destellos, aquello que oprime a sus corazones. Un trabajo que no va de logros, sino más bien, de humanidades y presencias, con ellas, lo devastador es escoltado y custodiado para poder ofrecer palabras.



Nunca pienso en mi madre, no puedo, me duele recordarla, no me quedan lágrimas y las noches son largas. La echo mucho de menos. En la residencia, en el colegio, en el parque, en el fútbol, busco consuelos, espejismos de madres fugaces, a veces siento ser parte de algo, solo es un deseo efímero que mis fantasmas consumen agotándome de esencia. No puedo burlar mi destino.


El día es apacible, es domingo, llueve, pero es un día espléndido. Mis compañeros hoy están disfrutando con sus familias y mi educadora dedica su tiempo a estar conmigo. Me siento sosegado, arropado y querido. Pero a media tarde llegan compañeros a la residencia y mi cuerpo siente punzadas dolorosas en el corazón. Sus relatos con sus madres me van debilitando, son relatos vividos que no puedo sostener.


Mi vaso está lleno de agua, una gota más, una mirada recriminatoria, una palabra hiriente, un empujón esquivo y mi cuerpo arde, explosiona y dinamita todo aquello que he construido hoy con mi educadora. Las contemplaciones en la residencia entre los infantes no son una característica, el desgarro y la lucha por sostenerse es más bien lo que predomina.


 La tarde es agitada, cualquier incidente insignificante puede desencadenar una tragedia y la educadora lo sabe. Los domingos son así, retornos no gratos, malestares latentes y noches solitarias. En uno de esos momentos de agitación he recibido de una compañera una palabra aludiendo a mi madre, no me agrada y me alzo con furia sobre ella.


Soy recriminado y retirado a mi habitación, doy un golpe a la puerta y lloró de rabia, pero al tocar mis ojos no salen lágrimas. Llamo a mi madre en voz alzada reclamando su consuelo, mi voz desgarrada estremece todo mi cuerpo. Mi soledad me ahoga, necesito aire, abro ventanas, miro la calle, observo el cielo y maldigo mi existencia.


Estoy abatido en mi cama y siento que alguien se acerca, es mi educadora. La rechazó, no la quiero, es malvada, mis ojos dan testimonio de ello al mirarla. Pero ella no se retira, sigue ahí, me observa, acerca sus manos a las mías, se que me habla, pero no consigo escucharla, solo siento sus manos y entonces mis ojos dejan brotar esas lágrimas cautivas y mi cuerpo se desmorona. Ella sostiene ahora fija su mirada en la mía y llena de calma mi alma atormentada.


Antonio Argüelles, Barcelona.


 
 
 

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